Noche letal
Se apagan las luces del estudio y camino hacia el camerino. Me siento frente al espejo para que, Macarena, mi maquillista, retoque mis arrugas que se esconden detrás del maquillaje. Siempre debo parecer más hermosa.
En Cannes, lo importante es que aunque no me sienta bella debo parecerlo. Me costó mucho esfuerzo estar hoy en esta ciudad grabando mi segunda película, en donde, soy la estrella estelar. Muchos me decían que jamás lo iba a lograr, que nunca sería actriz, que si a mis 25 años de edad, no había alcanzado lo que anhelaba es porque no era especial. Si estuviera Jeannette compartiría conmigo mis logros y se sentiría orgullosa de ver, que siempre fui la mujer de quién se enamoró y no en quien me convertí aquella noche en que murió.
Hace un año podía sentir junto a nuestra cama su linda figura de mujer, tan suave, tan exacta. Su aroma, su cabello rubio y sus ojos verdes, como los de un leopardo, me trasmitían la sensación que esperaba ser amada y saciada hasta el cansancio. La conocía perfectamente, fuimos amigas desde la infancia. Ella tenía 13 y yo 10 cuando jugábamos en las calles de Chambéry, ciudad ubicada al este de Francia. Así fuimos descubriendo a nuestra corta edad, que existía una atracción rara entre nosotras. Al principio creíamos que simplemente se trataba de querer experimentar cosas nuevas, pero en un tiempo empezamos a amarnos, a desearnos y desde aquel entonces no nos pudimos separar. A mis 22 años, le dije que quería viajar a Cannes, que ya no podía esperar más tiempo, que necesitaba hacer realidad mi sueño de ser actriz, no podía sentirme fracasada antes de tiempo. Ella, sin más preámbulo alguno que sólo el de estar junto a mí, me dio un sí rotundo, diciéndome que vaya donde vaya, ella siempre iría conmigo, de manera que, en una fría noche emprendimos nuestro viaje hacia la ciudad del Glamour y la fama, Cannes.
Después de muchos fracasos y humillaciones, logré un contrato para grabar mi primera película, en la que interpretaría un papel de chica fea, junto a uno de los mejores actores de aquel momento. Sin pensarlo dije que sí. Desde entonces, los directivos se adueñaron de mi vida y tiempo. Elegían todo por mí, desde el tipo de peinado, ropa, maquillaje, que tenía que decir en cada entrevista, con quien debía salir cada noche. Ya nada me pertenecía y a Jeannette la iba perdiendo poco a poco.
Una noche mientras hacía el amor con ella, una asistente me llamó y me dijo que debía de estar en 30 minutos abajo del departamento, ya que una limosina vendría a recogerme para llevarme a una fiesta en el Hotel Western Cannes Riviera, a unos pasos de Croisette, camino muy importante de esta ciudad, por ser patrimonio cultural, en donde estarían todos los directivos y gente muy poderosa que me convendría conocer. Cerré el teléfono. Se lo comenté a Jeannette pero se enfadó, diciéndome que nunca tenía tiempo para ella, que desde que llegamos a esta puerca ciudad yo ya no era la misma, que ella era un sofá más para mí. Para no dañar la noche fantástica que veníamos pasando, le dije que me acompañara, aunque no me pareció buena idea (porque se como son este tipo de fiesta) y a ella tampoco, accedió inmediatamente. Se puso hermosa, como hace algunas semanas no la veía, sentí que la amaba más y a la vez la envidiaba por lo tan bella que era; y me sentía feliz porque era mía y estaba muy segura de que me amaba.
Llegamos a la fiesta. Todas las miradas eran para las dos. Me gustaba ser el centro de atención, pero ella en cambio, lo odiaba. La llevé y la presenté a mis jefes como una buena amiga nada más, ya que no era factible decirles que era mi mujer, tenía que cuidar las apariencias, las dos habíamos quedado de acuerdo en eso desde que éramos niñas, ya llegaría el momento para darlo conocer y aún aquel momento no llegaba. Empezamos un par de conversaciones absurdas y aburridas. Dos hombres muy apuestos y elegantes iniciaron conversación con cada una de nosotras. Bebíamos vino, mientras que, mi jefe desde una esquina me sonreía y me daba el visto bueno. Seguramente, el hombre era más importante de lo que imaginaba.
Después de dos botellas de vino, el licor nos hacia efecto y el ambiente se tornaba aún más aburrido. Quería algo más, acción. Le propuse que nos llevaran donde estaban hospedados. Jeannette, me miró con una cara estupefacta. Ella siempre ha sido más cuerda y no estaba tan ebria como yo lo estaba. Me quedé callada y los hombres enseguida continuaron y nos invitaron al hotel. Dije que sí, y a mi mujer no le quedó otra que seguirme.
Llegamos a su lujosa suite. Había oro por todos los lados, un lugar que solo lo había visto por televisión. Nos llevaron hacia una inmensa piscina y comenzamos a beber whisky. Luego llegaron un grupo de personas más. Hombres y mujeres elegantes. Se Juntaron a nosotros. Conversamos un poco y entre una y otra copa, abiertamente sacan una funda en la que había perica y algunas pastillas de éxtasis. Le ofrecieron primero a mi mujer y ella no lo aceptó. Luego me miraron y yo sonrientemente asentí con la cabeza. Inhalé algo de perica, sabía cómo funcionaba la cosa porque no era la primera vez que lo hacía. Luego tomé una pastilla de éxtasis. Dentro de un rato empecé a sentir como mi nariz se dormía. Me sentía poderosa, dueña de un mundo que giraba como yo quería. Mi ebriedad desapareció. Yo era otra, una persona un poco peor. Tomé otra pastilla de éxtasis y los otros a mí alrededor hacían lo mismo. Menos Jeannette. Ella desde un rincón me observaba con esos ojos verdes, intactos en mi memoria, brillantes por la ganas de llorar por la decepción de verme irreconocible esa noche. Ella nunca se imagino que yo podía drogarme. Ella nunca me lo preguntó y yo tampoco nunca se lo dije, no era importante.
Me acerque a ella totalmente drogada, la tomé fuertemente del brazo y me la llevé al baño. Le dije que deje de mirarme así, que esto no era nada del otro mundo y que si me amaba como decía, ella debía de hacer lo mismo y no sólo mirarme con cara de estúpida desde aquel rincón, porque su mirada me atormentaba, me trastornaba. Ella me dijo que ni loca iba a probar eso y menos aún si se lo estaba pidiendo en el estado en que me encontraba y de una forma tan autoritaria. Le grité y le pegué una cachetada. Le abrí la boca y le metí dos pastillas de éxtasis y luego hice que inhalará una fuerte cantidad de perica. Ella llorando inconsolablemente eufórica me decía que era suficiente por esta noche, que ya no aguantaba más y ya no podía aguantar más. No me quería volver a ver y que me amaba tanto pero que desde esa noche yo me había convertido en una desconocida para ella. Me miró fijamente, como adivinando lo que el destino o yo había elegido para ella esa noche, luego se marchó.
Sin importarme nada de lo que ella me había dicho seguí tomando el resto de la noche. Eran las 6am y todos dormían tirados en el suelo, otros en el sofá; nadie parecía tan elegante como al principio y yo entre dormida y despierta llamé un taxi para que me recogiera.
Llego al departamento, ansiosa por hablar con Jeannette para pedirle perdón por lo que había hecho anoche, que estaba perdida totalmente y era otra quien habitaba dentro de mí en ese momento pero no estaba en el cuarto, preocupadamente me dirijo hacia el baño y ahí estaba ella deslizada sobre las baldosas con sus ojos verdes abiertos, perplejos observando hacia una dirección inexistente e inmóvil. Me agacho y la tomo entre mis brazos, pero había llegado tarde. Ella estaba muerta. Lloré sobre su perfecto cuerpo que pernoctaría el resto del día.
¡Sofía! ¡Ya estas lista quedaste hermosa una vez más, tú no necesitas de mucho maquillaje! Le sonrió a Macarena, mientras entra la asistente y me dice que tengo 5 minutos para entrar al estudio y que después de terminar de grabar un par de escenas más, me pasará recogiendo la limosina para ir una fiesta a la cual no pudo faltar.
Camino hacia el estudio y voy pensando en Jeannette. Al llegar sonrió a todos, cojo mi libreto y me preparo para empezar a filmar. Que esta noche sea lo que sea.
Se apagan las luces del estudio y camino hacia el camerino. Me siento frente al espejo para que, Macarena, mi maquillista, retoque mis arrugas que se esconden detrás del maquillaje. Siempre debo parecer más hermosa.
En Cannes, lo importante es que aunque no me sienta bella debo parecerlo. Me costó mucho esfuerzo estar hoy en esta ciudad grabando mi segunda película, en donde, soy la estrella estelar. Muchos me decían que jamás lo iba a lograr, que nunca sería actriz, que si a mis 25 años de edad, no había alcanzado lo que anhelaba es porque no era especial. Si estuviera Jeannette compartiría conmigo mis logros y se sentiría orgullosa de ver, que siempre fui la mujer de quién se enamoró y no en quien me convertí aquella noche en que murió.
Hace un año podía sentir junto a nuestra cama su linda figura de mujer, tan suave, tan exacta. Su aroma, su cabello rubio y sus ojos verdes, como los de un leopardo, me trasmitían la sensación que esperaba ser amada y saciada hasta el cansancio. La conocía perfectamente, fuimos amigas desde la infancia. Ella tenía 13 y yo 10 cuando jugábamos en las calles de Chambéry, ciudad ubicada al este de Francia. Así fuimos descubriendo a nuestra corta edad, que existía una atracción rara entre nosotras. Al principio creíamos que simplemente se trataba de querer experimentar cosas nuevas, pero en un tiempo empezamos a amarnos, a desearnos y desde aquel entonces no nos pudimos separar. A mis 22 años, le dije que quería viajar a Cannes, que ya no podía esperar más tiempo, que necesitaba hacer realidad mi sueño de ser actriz, no podía sentirme fracasada antes de tiempo. Ella, sin más preámbulo alguno que sólo el de estar junto a mí, me dio un sí rotundo, diciéndome que vaya donde vaya, ella siempre iría conmigo, de manera que, en una fría noche emprendimos nuestro viaje hacia la ciudad del Glamour y la fama, Cannes.
Después de muchos fracasos y humillaciones, logré un contrato para grabar mi primera película, en la que interpretaría un papel de chica fea, junto a uno de los mejores actores de aquel momento. Sin pensarlo dije que sí. Desde entonces, los directivos se adueñaron de mi vida y tiempo. Elegían todo por mí, desde el tipo de peinado, ropa, maquillaje, que tenía que decir en cada entrevista, con quien debía salir cada noche. Ya nada me pertenecía y a Jeannette la iba perdiendo poco a poco.
Una noche mientras hacía el amor con ella, una asistente me llamó y me dijo que debía de estar en 30 minutos abajo del departamento, ya que una limosina vendría a recogerme para llevarme a una fiesta en el Hotel Western Cannes Riviera, a unos pasos de Croisette, camino muy importante de esta ciudad, por ser patrimonio cultural, en donde estarían todos los directivos y gente muy poderosa que me convendría conocer. Cerré el teléfono. Se lo comenté a Jeannette pero se enfadó, diciéndome que nunca tenía tiempo para ella, que desde que llegamos a esta puerca ciudad yo ya no era la misma, que ella era un sofá más para mí. Para no dañar la noche fantástica que veníamos pasando, le dije que me acompañara, aunque no me pareció buena idea (porque se como son este tipo de fiesta) y a ella tampoco, accedió inmediatamente. Se puso hermosa, como hace algunas semanas no la veía, sentí que la amaba más y a la vez la envidiaba por lo tan bella que era; y me sentía feliz porque era mía y estaba muy segura de que me amaba.
Llegamos a la fiesta. Todas las miradas eran para las dos. Me gustaba ser el centro de atención, pero ella en cambio, lo odiaba. La llevé y la presenté a mis jefes como una buena amiga nada más, ya que no era factible decirles que era mi mujer, tenía que cuidar las apariencias, las dos habíamos quedado de acuerdo en eso desde que éramos niñas, ya llegaría el momento para darlo conocer y aún aquel momento no llegaba. Empezamos un par de conversaciones absurdas y aburridas. Dos hombres muy apuestos y elegantes iniciaron conversación con cada una de nosotras. Bebíamos vino, mientras que, mi jefe desde una esquina me sonreía y me daba el visto bueno. Seguramente, el hombre era más importante de lo que imaginaba.
Después de dos botellas de vino, el licor nos hacia efecto y el ambiente se tornaba aún más aburrido. Quería algo más, acción. Le propuse que nos llevaran donde estaban hospedados. Jeannette, me miró con una cara estupefacta. Ella siempre ha sido más cuerda y no estaba tan ebria como yo lo estaba. Me quedé callada y los hombres enseguida continuaron y nos invitaron al hotel. Dije que sí, y a mi mujer no le quedó otra que seguirme.
Llegamos a su lujosa suite. Había oro por todos los lados, un lugar que solo lo había visto por televisión. Nos llevaron hacia una inmensa piscina y comenzamos a beber whisky. Luego llegaron un grupo de personas más. Hombres y mujeres elegantes. Se Juntaron a nosotros. Conversamos un poco y entre una y otra copa, abiertamente sacan una funda en la que había perica y algunas pastillas de éxtasis. Le ofrecieron primero a mi mujer y ella no lo aceptó. Luego me miraron y yo sonrientemente asentí con la cabeza. Inhalé algo de perica, sabía cómo funcionaba la cosa porque no era la primera vez que lo hacía. Luego tomé una pastilla de éxtasis. Dentro de un rato empecé a sentir como mi nariz se dormía. Me sentía poderosa, dueña de un mundo que giraba como yo quería. Mi ebriedad desapareció. Yo era otra, una persona un poco peor. Tomé otra pastilla de éxtasis y los otros a mí alrededor hacían lo mismo. Menos Jeannette. Ella desde un rincón me observaba con esos ojos verdes, intactos en mi memoria, brillantes por la ganas de llorar por la decepción de verme irreconocible esa noche. Ella nunca se imagino que yo podía drogarme. Ella nunca me lo preguntó y yo tampoco nunca se lo dije, no era importante.
Me acerque a ella totalmente drogada, la tomé fuertemente del brazo y me la llevé al baño. Le dije que deje de mirarme así, que esto no era nada del otro mundo y que si me amaba como decía, ella debía de hacer lo mismo y no sólo mirarme con cara de estúpida desde aquel rincón, porque su mirada me atormentaba, me trastornaba. Ella me dijo que ni loca iba a probar eso y menos aún si se lo estaba pidiendo en el estado en que me encontraba y de una forma tan autoritaria. Le grité y le pegué una cachetada. Le abrí la boca y le metí dos pastillas de éxtasis y luego hice que inhalará una fuerte cantidad de perica. Ella llorando inconsolablemente eufórica me decía que era suficiente por esta noche, que ya no aguantaba más y ya no podía aguantar más. No me quería volver a ver y que me amaba tanto pero que desde esa noche yo me había convertido en una desconocida para ella. Me miró fijamente, como adivinando lo que el destino o yo había elegido para ella esa noche, luego se marchó.
Sin importarme nada de lo que ella me había dicho seguí tomando el resto de la noche. Eran las 6am y todos dormían tirados en el suelo, otros en el sofá; nadie parecía tan elegante como al principio y yo entre dormida y despierta llamé un taxi para que me recogiera.
Llego al departamento, ansiosa por hablar con Jeannette para pedirle perdón por lo que había hecho anoche, que estaba perdida totalmente y era otra quien habitaba dentro de mí en ese momento pero no estaba en el cuarto, preocupadamente me dirijo hacia el baño y ahí estaba ella deslizada sobre las baldosas con sus ojos verdes abiertos, perplejos observando hacia una dirección inexistente e inmóvil. Me agacho y la tomo entre mis brazos, pero había llegado tarde. Ella estaba muerta. Lloré sobre su perfecto cuerpo que pernoctaría el resto del día.
¡Sofía! ¡Ya estas lista quedaste hermosa una vez más, tú no necesitas de mucho maquillaje! Le sonrió a Macarena, mientras entra la asistente y me dice que tengo 5 minutos para entrar al estudio y que después de terminar de grabar un par de escenas más, me pasará recogiendo la limosina para ir una fiesta a la cual no pudo faltar.
Camino hacia el estudio y voy pensando en Jeannette. Al llegar sonrió a todos, cojo mi libreto y me preparo para empezar a filmar. Que esta noche sea lo que sea.

No hay comentarios:
Publicar un comentario